Te debo una disculpa
por posarme, ligera, en tus pestañas
y perderme, fugaz, en un parpadeo.
Me creía tan invisible y efímera
que no había calculado el peso de
mis pupilas oscuras.
Te debo un gracias
por despertarme del invierno
y derretir la escarcha de mis pecas.
Me pensaba tan transparente y vacía
que no tuve en cuenta la fuerza de
mi sonrisa se dientes torcidos.
Y sí, me sorprendí viva,
y a trompicones me di la vuelta,
dando saltitos de polilla
intentando huir de la luz.
Lo siento,
ya no tengo margen de error,
y mi fragilidad errante sabe esconderse volátil.
Pero, y tú… ¿no te disculpas?
¿Atacando así de ligero
con tus pupilas profundas a mis ojos esquivos?
¿Qué esperabas?
¿Encendiendo cerillas
frente a una polilla con las alas rotas?
Pero no temas,
caerá el tiempo a plomo sobre nosotros,
y borrará cualquier resquicio de este instante.
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